En las sociedades
antiguas los arquetipos eran instrumentos pedagógicos, con los que se enseñaba
a los hombres y mujeres a descifrar el sentido de sus experiencias y a aceptar y
respetar sus obligaciones con la comunidad y a dialogar con la divinidad. A
partir de esta comprensión íntima de los arquetipos, las personas construían
sus propias identidades individuales.
Uno de los arquetipos
más frecuentes era el de la Gran Diosa, en la que se reconocía la fuerza
femenina universal, y que se metamorfoseaba en tres diosas que simbolizaban el
ciclo vital femenino. En las antiguas sociedades matriarcales, en la Diosa
encarnaban las potencias primordiales de la vida, la muerte y la
transformación.
El misterio de la
sexualidad femenina, la génesis del parto, la asociación del ciclo femenino con
las fases de la luna, su relación profunda con la tierra como vientre, con la
muerte de la semilla para que nazcan los frutos, son los motivos esenciales de
la mitología de la Diosa Madre.
Para la mujer de hoy, si bien las diosas del
panteón helénico ya no son un referente práctico en su vida cotidiana,
conservan sin embargo un valioso caudal de sugerencias desde el punto de vista
simbólico y mitológico. La Diosa, podría decirse, reside en el corazón de cada
mujer. Los cuatro arquetipos representan facetas
que cada mujer debe desarrollar o profundizar para hacer que la energía sagrada
de esta correspondencia brille en su alma e irradie en su vida real.
(fragmento del texto de Idili Lizcano)

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