Un ejercicio enriquecedor para nuestra vida interior es “recoger
nuestros pasos”. En el sentido de
repasar nuestra historia personal y poder rescatar en ella todos aquellos
aprendizajes que nos ponen hoy en el punto del camino en el que estamos.
Poder observarnos retrospectivamente y reconocernos
transformadas nos alienta a mantener nuestro paso firme sobre la senda
elegida. Porque cada experiencia vivida
se ha convertido en un fruto jugoso que nos alimenta y nos nutre.
Sin embargo, para ello, es importante que podamos comprender
la Vida y nuestro Camino como un campo de aprendizaje, donde las medidas de
valoración no incluyen el Error o el Fracaso.
Cada uno de los acontecimientos que vivimos nos ha servido
de cimientos para que nuestro Espíritu se fortalezca y se eleve con mayor
seguridad y plenitud.
En mi caso particular, son muchas las experiencias que
vienen a mi corazón con sus frutos maduros.
El matrimonio, la elección de “ese” compañero trajo a mi
conciencia el amor que siento por mi propia libertad, por la necesidad de
espacio para volar mi propio cielo, y alcanzar ese Sol que Ilumina mi
Alma. Hubo entonces el tiempo de la
separación, y años transcurridos en incertidumbre, dolor, contracciones y
expansiones emocionales que en su proceso generaron situaciones que a su vez
trajeron el aprendizaje de la humildad, de la paciencia, del desapego.
Y entre esos espasmos del Alma, hubo otro encuentro, que
trajo el aprendizaje del Valor de Ser Mujer, de la Dignidad y el Amor Personal
de manera tangible y sensible.
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| (pintura Amelia Di Filippo) |
El volver la mirada hacia lo que nos ocurre nos acrecienta
los sentidos, y todo se expande en sensaciones, emociones y experiencias
interminables.
Así a lo largo de todo ese tiempo, el trabajo con la Tierra
también se convirtió en medio de aprendizaje.
El intento de construir una huerta doméstica me llevó a prestar atención
a los deseos y propuestas de la Tierra, más allá de lo que yo individualmente
consideraba necesario, óptimo ó apropiado.
Mi terreno sistemáticamente hechó por tierra mis intentos de
cultivos de hortalizas y verduras. Sin
embargo, las hierbas aromáticas y algunas plantas medicinales crecieron y se
multiplicaron casi por sí solas, a pesar de mi intento de reducir su territorio
y restringirlas a un rincón del terreno.
La vegetación agreste invadía mi parcela de terreno y el
intento por mantener mi lote desmalezado demandaba un esfuerzo físico que me
superaba. Sin embargo, cuando el
aquietamiento interior comenzó a manifestarse.
Cuando comencé a comprender y a exteriorizar una mayor armonía conmigo
misma y con quienes me rodeaban, la incursión hasta el fondo de mi terreno
invadido por la vegetación fue liviana, ágil y sumamente gratificante.
Entonces en mi corazón comenzó a surgir la idea de que cada
cosa que nos rodea verdaderamente manifiesta la energía que emanamos. Y mientras mis emociones internas se
mantenían enmarañadas, hurañas y a la defensiva, mi parcela de Tierra lo
manifestaba en una invasión de vegetación indomable y que me demandaba una
excesiva cantidad de energía física para intentar mantenerla a raya.
Cuando asumí que mi huerta daría lo que ella quisiera dar, y
no lo que yo le exigiera, se abrió la posibilidad de poder cultivar las hierbas
aromáticas que prosperaban solas para generar un ingreso extra a la casa.
Hoy puedo disfrutar de TODO el ancho y largo de mi parque
con Gratitud y Felicidad ante la Belleza que me regala cotidianamente, y
también con satisfacción porque puedo ver en él el resultado de mi trabajo
interior.
Nuestros espacios, los que habitamos cotidianamente son el
reflejo de nuestras emociones. Cuando
logramos ponerles atención y aceptar lo que nos muestran, como las señales a
seguir para transitar nuestro camino de crecimiento interior, comienzan a
reflejarnos también nuestros logros.
Esos frutos que podemos cosechar para alimentarnos y recuperar las
fuerzas para seguir transitando nuestro Camino.



