lunes, 30 de marzo de 2015

Nuestros Frutos Maduros

Un ejercicio enriquecedor para nuestra vida interior es “recoger nuestros pasos”.  En el sentido de repasar nuestra historia personal y poder rescatar en ella todos aquellos aprendizajes que nos ponen hoy en el punto del camino en el que estamos.
Poder observarnos retrospectivamente y reconocernos transformadas nos alienta a mantener nuestro paso firme sobre la senda elegida.  Porque cada experiencia vivida se ha convertido en un fruto jugoso que nos alimenta y nos nutre.


Sin embargo, para ello, es importante que podamos comprender la Vida y nuestro Camino como un campo de aprendizaje, donde las medidas de valoración no incluyen el Error o el Fracaso.
Cada uno de los acontecimientos que vivimos nos ha servido de cimientos para que nuestro Espíritu se fortalezca y se eleve con mayor seguridad y plenitud.
En mi caso particular, son muchas las experiencias que vienen a mi corazón con sus frutos maduros.
El matrimonio, la elección de “ese” compañero trajo a mi conciencia el amor que siento por mi propia libertad, por la necesidad de espacio para volar mi propio cielo, y alcanzar ese Sol que Ilumina mi Alma.  Hubo entonces el tiempo de la separación, y años transcurridos en incertidumbre, dolor, contracciones y expansiones emocionales que en su proceso generaron situaciones que a su vez trajeron el aprendizaje de la humildad, de la paciencia, del desapego.
Y entre esos espasmos del Alma, hubo otro encuentro, que trajo el aprendizaje del Valor de Ser Mujer, de la Dignidad y el Amor Personal de manera tangible y sensible.
(pintura Amelia Di Filippo)
El volver la mirada hacia lo que nos ocurre nos acrecienta los sentidos, y todo se expande en sensaciones, emociones y experiencias interminables.
Así a lo largo de todo ese tiempo, el trabajo con la Tierra también se convirtió en medio de aprendizaje.  El intento de construir una huerta doméstica me llevó a prestar atención a los deseos y propuestas de la Tierra, más allá de lo que yo individualmente consideraba necesario, óptimo ó apropiado.
Mi terreno sistemáticamente hechó por tierra mis intentos de cultivos de hortalizas y verduras.  Sin embargo, las hierbas aromáticas y algunas plantas medicinales crecieron y se multiplicaron casi por sí solas, a pesar de mi intento de reducir su territorio y restringirlas a un rincón del terreno. 
La vegetación agreste invadía mi parcela de terreno y el intento por mantener mi lote desmalezado demandaba un esfuerzo físico que me superaba.  Sin embargo, cuando el aquietamiento interior comenzó a manifestarse.  Cuando comencé a comprender y a exteriorizar una mayor armonía conmigo misma y con quienes me rodeaban, la incursión hasta el fondo de mi terreno invadido por la vegetación fue liviana, ágil y sumamente gratificante.
Entonces en mi corazón comenzó a surgir la idea de que cada cosa que nos rodea verdaderamente manifiesta la energía que emanamos.  Y mientras mis emociones internas se mantenían enmarañadas, hurañas y a la defensiva, mi parcela de Tierra lo manifestaba en una invasión de vegetación indomable y que me demandaba una excesiva cantidad de energía física para intentar mantenerla a raya.
Cuando asumí que mi huerta daría lo que ella quisiera dar, y no lo que yo le exigiera, se abrió la posibilidad de poder cultivar las hierbas aromáticas que prosperaban solas para generar un ingreso extra a la casa.
Hoy puedo disfrutar de TODO el ancho y largo de mi parque con Gratitud y Felicidad ante la Belleza que me regala cotidianamente, y también con satisfacción porque puedo ver en él el resultado de mi trabajo interior.
Nuestros espacios, los que habitamos cotidianamente son el reflejo de nuestras emociones.  Cuando logramos ponerles atención y aceptar lo que nos muestran, como las señales a seguir para transitar nuestro camino de crecimiento interior, comienzan a reflejarnos también nuestros logros.  Esos frutos que podemos cosechar para alimentarnos y recuperar las fuerzas para seguir transitando nuestro Camino.


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